Los servicios de la escuela están armados como recorridos cortos y aplicables: cada bloque resuelve una parte concreta del proceso de audio y deja material listo para seguir. No se trata de acumular temas, sino de cerrar etapas con ejercicios revisables.
Se trabaja la captura de voces e instrumentos en espacios domésticos: posición del micro, distancia a paredes y ventanas, control de ganancia y toma de referencia antes de grabar en serio. El resultado es material limpio que no obliga a pelear en la mezcla.
Antes de tocar un ecualizador se ordena la pieza: tempo, secciones, jerarquía de elementos y qué queda en segundo plano. Es el paso que suele explicar por qué una mezcla no termina de funcionar aunque los plugins estén bien elegidos.
Cortes, fundidos, limpieza de ruido y un balance inicial de niveles. Se practica sobre tomas propias y sobre ejemplos de la mediateca para comparar decisiones y detectar qué se está resolviendo con criterio y qué por costumbre.
Convenciones de nombre, carpetas por proyecto, separación entre grabaciones propias y material de referencia, y control de versiones intermedias. Una biblioteca ordenada se consulta rápido en plena práctica y sobrevive a cambios de equipo o de software.
Cada módulo cierra con una entrega breve: una pieza corta, un ejercicio de edición o una práctica de sonido. La revisión se centra en decisiones concretas, no en el gusto personal, para que el siguiente intento parta de algo claro.
La mediateca reúne fragmentos de audio con notas sobre qué se hizo en cada caso y por qué. Sirve como referencia cuando una práctica se atasca y como material de comparación entre versiones de un mismo proyecto.
Si quieres ver cómo se conectan estos bloques dentro del recorrido completo, revisa las capacidades que se cubren en la escuela o escríbenos desde la página de contacto para resolver dudas sobre el punto de partida.
Estos comentarios vienen de estudiantes que pasaron por grabación, edición y mezcla básica en Djuay. No hablan de notas ni de diplomas: describen qué pudieron hacer después con lo aprendido en el laboratorio de audio y en la mediateca.
Llegué grabando con el micro del portátil y sin entender por qué todo sonaba embarrado. En el módulo de captura aprendí a medir la ganancia antes de pulsar rec y a colocar el micro lejos de la ventana. La primera toma limpia que conseguí la usé tal cual en un proyecto de clase, sin reducción de ruido. Eso me cambió la forma de trabajar.
Antes mezclaba a ciegas, acumulando plugins hasta que la pista ya no se entendía. La parte de estructura y ritmo me obligó a decidir qué elemento lleva el peso antes de tocar el ecualizador. Ahora ordeno las secciones primero y dejo la mezcla para el final. Tardo menos y el resultado se sostiene mejor.
Lo que más me sirvió fue la mediateca. Tenía carpetas por todas partes y perdía media hora buscando un sample. Con el sistema de nombres y etiquetas que vimos en el módulo avanzado, encuentro cualquier archivo en segundos. También dejé de mezclar grabaciones propias con material de referencia, y eso evita confusiones.
Vengo de edición de video, no de audio, y pensé que se me iba a complicar. Los videotutoriales van al grano y cada tema cierra con una práctica corta, así que avancé sin quedarme atascada. Hoy entrego proyectos con el sonido organizado y puedo justificar cada decisión de mezcla ante el cliente.
Antes de asignar módulos revisamos qué material existe ya: tomas sueltas, una maqueta sin mezclar, un montaje de vídeo con audio descuidado. De ahí sale el nivel real del estudiante y el tipo de práctica que tiene sentido. Si no hay grabaciones propias, se trabaja con la mediateca de ejemplos para no empezar en el aire.
El primer bloque práctico se centra en conseguir tomas utilizables: colocación del micrófono, control de ganancia, reducción de ruido de fondo en espacios domésticos. Es la etapa que más se subestima y la que después condiciona toda la mezcla. Los ejercicios se entregan en bruto, sin procesar, para que el error se vea a tiempo.
Con el material grabado se define tempo, secciones y jerarquía de elementos antes de tocar un ecualizador. Aquí entran los ejercicios de edición: cortar, alinear, decidir qué sostiene la pieza y qué queda en segundo plano. Es un trabajo de criterio más que de plugins, y se revisa pista por pista en el laboratorio.
La mezcla se aborda con lo justo: niveles, panoramas, un par de ajustes de tono. En paralelo se ordena la mediateca del proyecto con nombres, carpetas y etiquetas que aguanten meses después. Una biblioteca desordenada ralentiza cualquier entrega, incluso las pequeñas, y ese hábito se corrige desde el primer proyecto.
El cierre es una escucha comentada del resultado frente a la intención inicial. Se marcan qué decisiones funcionaron, qué quedó flojo y qué conviene practicar antes del siguiente módulo. Desde ahí el estudiante puede seguir con proyectos creativos propios o profundizar en una rama concreta del catálogo de servicios.
La ruta se adapta según el punto de partida: no todos los encargos pasan por las cinco etapas con el mismo peso. Si quieres ver cómo se aplica a un caso concreto, revisa las capacidades del estudio o escríbenos y lo aterrizamos.